viernes, 14 de mayo de 2010

El Valor de Educar

Por Aldana Meglia, Sergio Otaño y Ma. Laura Roldán

En su libro, El Valor de Educar, Fernando Savater reflexiona sobre la problemática de la educación en el mundo contemporáneo. Se refiere a las crisis sociales (intolerancia, racismo, violencia, drogas) que afectan la educación y promueven el descontento de profesores, padres y alumnos. Se interroga sobre el significado de la educación y plantea cuestiones fundamentales en un lenguaje sencillo y optimista: disciplina y libertad, enseñanza de las ciencias o humanidades, el papel de la familia, la formación cívica y moral, el sexo, las drogas y la violencia.

El Valor de Educar, Editorial Ariel

Ser humano es un deber moral ya que tiene que ver con la solidaridad, con la compasión por el prójimo, con esas particularidades “muy humanas”. La genética predispone a llegar a ser humanos pero sólo por medio de la educación y la convivencia social se consigue efectivamente serlo.

La humanidad no sólo tiene que ver con lo biológico, ya que las demás especies nacen siendo lo que son, en cambio los hombres necesitan formarse, precisan de un segundo nacimiento que se lleva a cabo por medio de los esfuerzos de cada uno y de la relación con otros humanos. Necesitan que los demás les contagien esa humanidad a propósito. Para ser hombre no basta con nacer, sino que también deben aprender.

El primer objetivo de la educación consiste en hacerlos conscientes de la realidad de sus semejantes. Para llegar a ser humanos precisan del proceso de aprendizaje a través de la comunicación y de la transmisión deliberada de pautas, técnicas, valores y recuerdos.

Los niños, precisan de su plasticidad y de la relación con sus semejantes para ir incorporando esas propiedades humanas. Ellos pasan por dos gestaciones: Primero, por el útero materno y luego, por la matriz social en la que se crían, asimilando significados, técnicas y rituales propios de su cultura.

El grupo social intenta remediar a través de procesos educativos la ignorancia amnésica con la que naturalmente todos vienen al mundo. Sólo registrando la ignorancia van a ir corrigiéndola por medio de la demostración, la explicación y la discusión. El ser humano consiste en la vocación de compartir lo que ya saben entre todos. Si no hay interés por saber, o por sumar saberes, no se puede educar, por lo tanto, no hay verdadera humanidad.

El proceso educativo puede ser formal o informal, pero la primera certificación para poder enseñar, es haber vivido. Esto se logra por medio del aprendizaje. A modo de supervivencia, la familia era quien se ocupaba de la tarea de educar, pero la necesidad de adquirir más saberes provocó los lazos con la sociedad.

La educación no fue invento de la sociedad, sino de esa ambición por educar, por convivir de una manera pacífica, de incorporar nuevos vínculos mas allá del ámbito familiar y así formar una personalidad irrepetible.

El aprendizaje humanizador tiene que ver con el aprender y ser enseñados por los semejantes. Este intercambio va a permitir adoptar significados y a la vez ir modificándolos. La vida humana consiste en habitar un mundo en el que las cosas no solo son lo que son, sino que también significan.

Para el ser humano, los dos descubrimientos originarios que se le presentan son: la sociedad y el tiempo. El tiempo es el invento más característico, determinante e intimidatorio: todos los modelos simbólicos según los cuales los hombres organizan su vida en cualquier cultura son indefectiblemente temporales. La panorámica temporal es el contrapeso de su conciencia de la muerte inexorable. La enseñanza está ligada intrínsecamente al tiempo, como transfusión deliberada y socialmente necesaria de una memoria colectivamente elaborada, de una imaginación creadora compartida.

La condición humana les da a todos la posibilidad de ser maestros en algo para alguien.

La institución educativa aparece cuando lo que ha de enseñarse es un saber científico, no meramente empírico y tradicional. Los conocimientos se van haciendo más abstractos y complejos, por lo que es difícil o imposible que cualquier miembro del grupo los posea de modo suficiente para enseñarlos. La educación está orientada a la formación del alma y el cultivo respetuoso de los valores morales y patrióticos, siempre ha sido considerada de más alto rango que la instrucción, que da a conocer destrezas técnicas o teorías científicas.

La contraposición entre educación e instrucción es obsoleta, ya que además de indeseable es imposible separarlas. No se puede educar sin instruir, ni viceversa. Existen habilidades sumamente útiles y en muchos casos imprescindibles para la vida diaria que pueden llegar a dominarse por completo y se denominan cerradas. En cambio, las abiertas, se dominan en forma gradual y en cierto modo infinito. La habilidad de aprender es una muy distinguida capacidad abierta, la más necesaria y humana de todas ellas. Cualquier plan de enseñanza bien diseñado ha de considerar prioritario este saber que nunca acaba y que posibilita todos los demás. Lo importante es enseñar a aprender. La flexibilización de las actividades laborales y lo constantemente innovador de las técnicas exige una educación abierta tanto o más que una instrucción especializada para lograr la inserción en el mundo de la producción.

Otras circunstancias a analizar son los procesos de socialización primaria y secundaria que modificaron la educación de los niños. En este sentido, se toma como punto de partida el modelo de familia en el cual el aprendizaje se lleva a cabo por imitación, en un espacio donde todos conviven en un clima de afecto y se actúa por identificación, aunque se debe aclarar que en caso de no acatar estas pautas, el niño se enfrenta a la posibilidad de perder el cariño de aquellos que tienen un valor vital para su supervivencia. Esto último se constituye como el instrumento de coacción más eficaz en el aprendizaje familiar. Se trata de una herramienta que imprime la marca indeleble de la familia y que acompañará al niño en las diversas circunstancias de la vida.

La familia original sufrió modificaciones, que incidieron directamente en su función socializadora, educadora; ha ido perdiendo protagonismo e inclusive interés en ayudar a la formación de los niños, consiguientemente, la escuela debe afrontar nuevas misiones, es decir, no solo enseñar, sino también cubrir todas las demandas que emergen pero que lógicamente, no puede satisfacer.

No se trata solamente de consecuencias devenidas por factores sociológicos citados comúnmente sino que, en función de éstos, los niños ya no cuentan con la presencia permanente de mujeres o ancianos en el ámbito familiar. Sumado a esto, el comportamiento de las sociedades actuales está signado por una exaltación o culto de la juventud en desmedro de la vejez, que representa un verdadero obstáculo en las funciones educativas de la familia y asimismo suscita crisis de autoridad. Frente a este tipo de crisis, alguno de los miembros deberá resignarse a ser adulto ya que si los padres no cumplen con su función de preparar a los niños para ser personas autónomas, quienes asumirán ese rol e impondrán el principio de realidad de manera forzosa, serán las instituciones públicas.

Este principio de realidad se origina en el miedo, que se relaciona directamente con la reacción inicial de los seres humanos al descubrir su finitud. En ocasiones el miedo excesivo puede transformarse en un escollo, aunque es necesario – en proporción razonable- en el proceso de aprendizaje, hasta tanto el sujeto encuentre motivación a partir de su egoísmo o interés propio.

Otro aspecto que se toma en cuenta es la modificación sustancial producida en las pautas culturales infantiles, que se encuentra directamente vinculada con la presencia de la televisión en los hogares. Todo aquello que anteriormente era transmitido a través de textos o lecciones de la familia y la escuela, es expuesto explícitamente en la TV, dejando al maestro desprovisto de elementos que lo ayuden a enseñar desde la inquietud frente a lo desconocido. Los pequeños llegan saturados de imágenes e información y muchas veces los padres son testigos pasivos de este fenómeno, permaneciendo inmutables frente a la pantalla.

Los temas que irrumpen en la sociedad y demandan intervención por parte de la escuela, a pesar de ser inherentes a la socialización familiar, son: la ética y religión, el sexo, las drogas y la violencia.

Sobre ética, no se puede hablar como una materia tradicional, sino que es fundamental transformarla en ejemplos en todas y cada una de las partes de la organización educativa y plasmarla en el comportamiento de los docentes. Por su parte, la religión debe abordarse en todo caso desde una perspectiva descriptiva más que prescriptiva, de manera que cada individuo pueda tener convicciones y patrones de comportamiento propios de una creencia pero bajo ningún punto de vista asimilarlos al terreno de la ética. En lo referido a la educación sexual, también existe una fuerte incidencia de la TV, que facilita el contacto precoz por parte de niños y jóvenes con prácticas sexuales. Se hace evidente en consecuencia, la necesidad de instrucción adecuada a fin de evitar situaciones indeseadas por causa de la ignorancia.

El tema de las drogas es uno de los puntos más difíciles que debe ser tratado partiendo de la base del uso responsable de la libertad. La violencia es un elemento constituyente de las sociedades tan imprescindible como la armonía, y si bien es parte de nuestra condición, lo esencial es transmitir a los niños que al utilizarla la respuesta será únicamente más violencia.

Los primeros años de aprendizaje son un poco tiránicos, ya que los intereses que predominan son los de los educadores y no los de los educandos. El objetivo que persigue la enseñanza es formar sujetos libres, plenos, y en ese camino el niño no reconoce su falta de conocimientos, por lo que es el maestro o educador quien lo guía y le transmite pautas para que llegue a ser adulto, partiendo de un modelo preexistente (y propio de cada sociedad). Caso contrario, los prototipos que reproduce el niño son los que ve en la TV o en la calle.

Para que el proceso educativo se lleve a cabo debe haber disciplina, sin embargo, al citar a Platón, el autor señala que también es importante partir de lo lúdico, ya que al jugar los niños expresan sus inclinaciones naturales. Al margen de esto, Savater señala que la escuela es un espacio donde no se puede enseñar sólo jugando y por ello en la preparación hacia la vida adulta, la escuela aparece como lugar donde hay exigencias, molestias, dificultades que superar y lógicamente disciplina que los niños no pueden comprender pero que en ocasiones debe ser impuesta.

En un contexto donde las prácticas violentas son una constante, la labor educativa de producción de verdaderos seres humanos, se enfrenta a la impotencia. La alternativa a ésto no está relacionada con el retorno a la educación militar o los internados, sino que propone una enseñanza donde el educador no solo transmita conocimientos científicos sino que pueda conquistar a los educandos y transformarlos en ciudadanos libres.

Con relación a la disputa de la enseñanza de las ciencias en contraposición con las humanidades en la escuela, el problema no estriba en el título de las materias que se enseñan, ya que todas son útiles. El problema es que constantemente se agregan nuevas asignaturas y no hay tiempo para darlas todas ni personal que pueda hacerse cargo de su enseñanza. Lo importante no es lo que se enseñe sino que el docente despierte la curiosidad y el placer por aprender, y sentencia: no es cuestión del qué, sino del cómo.

Uno de los obstáculos que afectan el modo de enseñar es la pedantería, que consiste en tratar de confundir, deslumbrar o inspirar reverencia en lugar de ilustrar o de animar al aprendizaje. Todos los profesores son pedantes en algún momento. El pedante, se dirige a sus alumnos como si estuviese presentando una comunicación ante sus colegas. En lugar de esto, el profesor tiene que suscitar en el estudiante el deseo de aprender.

El ser humano tiene una naturaleza histórica, por eso el docente debe destacar los aspectos narrativos que engloban y totalizan los conocimientos. La enseñanza debe narrar cada una de las asignaturas en relación con su pasado y los cambios sociales que acompañaron su desarrollo. Todo conocimiento implica la transmisión de una tradición intelectual de modo que la memorización de datos o fórmulas es inútil si el estudiante no dispone de las capacidades de indagar y razonar.

El profesor, tiene que fomentar las pasiones intelectuales, pero esto no implica el uso de un lenguaje afectado, ni el rechazo de lo popular y el humor. Antes de aprender a disfrutar con los mejores logros intelectuales hay que aprender a disfrutar intelectualmente. La educación humanista, consiste ante todo en fomentar e ilustrar el uso de la razón, que permite observar, abstraer, deducir, argumentar y arribar a conclusiones lógicas. Según el autor, el estudiante debe adquirir herramientas para el análisis del mundo social y las condiciones en la cuales se encuentra el ser humano y aprender a respetar su propia capacidad mental y su confianza. También, aprenderá a respetar la humanidad como especie y reconocer que la evolución humana es un proceso no acabado.

Otro de los obstáculos, consiste en la relativización posmoderna del concepto de verdad ya que si no hay una verdad que transmitir, no puede haber educación. Si todo es más o menos verdad, si cada cual tiene su verdad igualmente respetable es imposible una decisión racional. La metodología científica indica que las verdades no son absolutas, pero esto no significa que dejen de ser verdades más sólidas que otras creencias que se les oponen.

La búsqueda racional de la verdad, choca con dos obstáculos: las opiniones sagradas y la incapacidad de abstracción. La noción de que todas las opiniones son válidas, ya se trate de la opinión educada de un docente o la opinión del estudiante que parte de la ignorancia, es irracional. En la sociedad plural lo que se debe respetar es a las personas y no sus opiniones, por lo tanto, el derecho de la opinión de cualquier persona es de que ésta sea escuchada y discutida. Las opiniones no son sagradas y el estudiante debe aprender a discutir, a refutar y a justificar lo que se piensa. Además de expresarse en forma clara y precisa, el estudiante debe desarrollar la facultad de escuchar lo que se propone en la discusión. El ejemplo de esta actitud de escucha y participación tiene que provenir del maestro que debe potenciar en quienes aprenden la capacidad de preguntar y preguntarse,

Otra tarea importante de la educación consiste en fomentar la lectura y la escritura, y esto no es tan fácil de llevar a la práctica. Después de la palabra hablada, el texto escrito es el más poderoso incentivo para el crecimiento intelectual que se ha inventado. El placer de la lectura se puede transmitir si se produce en una situación creativa, donde se privilegian las vivencias y no la mera ejercitación, en cambio, si se produce en una situación burocrática, podrá lograrse transmitir la técnica de la lectura, pero no el gusto por ella.

La tarea de enseñar tiene un aspecto conservador, debido a que, al educar, la sociedad prepara a sus miembros para la preservación de su identidad y no para su destrucción. Los padres, por su parte, quieren proteger al niño de los peligros y prevenir los males que puede acarrearles su comportamiento. Esta característica, es una consecuencia del instinto de conservación colectivo e individual que trata de preservar ciertos conocimientos, comportamientos, habilidades e ideales, porque los valora.

El deseo y el proyecto, motorizan la dinámica de la identidad humana que está siempre en proceso de formación, en la que participa la educación para motivarla y dotarla de una cierta insatisfacción, que provocará que el estudiante siempre aspire a más. Por su parte, la sociedad tampoco es un todo fijo y acabado, sino que se desenvuelve en un proceso dinámico. La sociedad, para llevar adelante su proyecto, intenta favorecer un tipo de hombre frente a otros, un modelo de ciudadanía, de disposición laboral, de maduración psicológica y hasta de salud, que considera preferible a los demás.

El educador es en parte responsable del mundo ante el estudiante y no le corresponde asumir una actitud rebelde e inconformista ya que el aula no debe convertirse en un mitin político. El objetivo de la educación debe centrarse en formar individuos autónomos que participen en la comunidad, que sepan transformarse y que se interesen por el bienestar de sus semejantes. Debe enseñar el valor de la humanidad compartida, en la que todos los hombres se asemejan en lo esencial a pesar de las diferencias y los privilegios particulares.

El estado debe impedir que las diferencias socioeconómicas perpetúen los círculos viciosos de la pobreza y ofrecer posibilidades de movilidad y justicia social por medio de la educación, argumenta el autor. La educación es la encargada de potenciar las disposiciones propias de cada cual, para aprovechar la disparidad de los dones heredados. La educación democrática comienza intentando auxiliar las deficiencias del medio familiar y social en el que cada persona nace.

Ninguna cultura es insoluble para las otras, ya que el contagio de unas culturas por otras es lo que puede denominarse civilización, y esto es justamente lo que la educación debe aspirar a transmitir. La educación universalista destaca las raíces que los humanos tienen en común, pero no se trata de homogeneizar universalmente, sino del reconocimiento de la identidad humana en un marco de respeto por las idiosincrasias particulares. Además, la formación en valores cívicos desde una perspectiva universalista permite fomentar el aprecio racional por la convivencia a pesar de las diferencias.

El sistema democrático es una construcción que requirió muchos esfuerzos intelectuales y políticos: por lo tanto debe ser enseñado con persuasión didáctica, pero con el espíritu de autonomía crítica. Es deseable cierta neutralidad política del sistema educativo, aunque no se pueden rehuir las consideraciones críticas de los temas del momento. Toda política democrática, al tratarse de un proceso, conlleva una dosis de relatividad, es por un lado una estructura utópica y transparente y por el otro un proceso en el que existen la fricción y el conflicto.

Para promover una mentalidad pública, la educación debe cumplir con los siguientes objetivos: enseñar la relatividad que conlleva la democracia; fomentar la capacidad de crítica y selección; asignarle un valor positivo al pluralismo social y al disenso; estimular la participación en la gestión pública; desarrollar la idea de responsabilidad y de control sobre los representantes políticos; fomentar el diálogo.

Sergio Otaño

1 comentarios:

Sarah dijo...

Very nice article, are u going to publish the whole summary of the book?